Tres anclajes
Primer anclaje: LA RESPIRACIÓN
El ritmo biológico por excelencia –la respiración- es doble: hay un movimiento de inspiración, por el que llenamos nuestro cuerpo de aire, y otro de espiración, por el que lo expulsamos. Este sencillo mecanismo es el que nos permite estar vivos. Este ritmo biológico de inspirar y espirar es análogo o afín al ritmo espiritual por excelencia, que también es doble: dar y recibir, la oblatividad y la receptividad, la donación y la acogida. Para saber si tenemos una vida sana, o simplemente sensata, bastaría que nos preguntáramos si hay armonía entre lo que damos y lo que recibimos, entre lo que amamos y lo que nos dejamos amar, entre lo que ayudamos y lo que nos dejamos ayudar.
La palabra latina spiritus tiene la misma raíz que spirare, respirar. Al respirar somos conscientes de la energía que nos llega del universo, y la energía es básica en la meditación: sube del sacro hacia la coronilla. Respirar es sencillo, pero no resulta fácil: basta que pongamos la atención en ello para que nos percatemos de la discontinuidad con que respiramos o, incluso, de cómo nos cuesta que el aire llegue hasta el abdomen, reteniéndolo a menudo en el pecho, signo de una respiración ansiosa y poco saludable.
Cada tradición espiritual sugiere fijar la atención en algún punto en particular. Así, en la tradición meditativa del vipassana se recomienda estar atentos a los orificios nasales, percibiendo el frescor de la inspiración y el calor de la espiración. En el zazen, proveniente del budismo, la atención debe estar puesta en el hara, dos o tres centímetros bajo el ombligo, de modo que el meditador está atento al hincharse y deshincharse de su abdomen. En la tradición cristiana se aconseja seguir el recorrido completo del aire: percibir cómo penetra por las aletas de la nariz y sube por el tabique nasal, cómo asciende desde ahí por detrás de las cuencas de los ojos para, nuevamente, bajar a la cavidad bucal, de donde pasa a la tráquea, laringe, faringe y pulmones, a cuya altura las costillas se abren y cierran al ritmo respiratorio. Desde ahí el aire desciende hasta el abdomen, para luego extenderse por todo el cuerpo, revigorizándolo con la energía que necesita.
En la meditación cristiana no se fuerza la respiración en uno u otro sentido, como con frecuencia se hace en el yoga, sino que se sigue su ritmo regular y natural, sabedores de que basta la mera observación para que nuestra respiración se vaya sosegando y vayamos experimentando, por este medio, una mayor serenidad.
En la meditación zen se aconseja, para que la atención a la respiración sea más sutil, contar las respiraciones: uno en la inspiración, dos en la espiración, tres nuevamente en la inspiración, y así sucesivamente hasta llegar al diez, momento en que se vuelve a comenzar. Contar las respiraciones es un método útil. Nuestra tendencia a distraernos es tan frecuente que hemos de agarrarnos a algo muy sencillo y concreto para tener la mente sometida.
Segundo anclaje: LAS MANOS Y EL CORAZÓN
Si las palmas de las manos están hacia arriba, el espíritu registra que el cuerpo ha adquirido la posición de la petición o de la súplica, es decir, la de quien espera algo de fuera. Pero esa no es en absoluto la actitud que se busca en la meditación, cuyo propósito es precisamente mirar hacia dentro, por lo que las manos tienen que, de algún modo, estar recogidas. Como mejor se expresa este recogimiento es poniendo una palma de la mano frente a la otra. Esta postura de las palmas enfrentadas es la otra cara de la que se asume para bendecir, en la que las manos se extienden. Parece lógico pensar que lo que se recoge en la meditación se entregue luego en la bendición. Palmas enfrentadas y extendidas expresan, como pocos gestos pueden hacerlo, esa doble vertiente de toda auténtica meditación: la sabiduría y la compasión, la mirada a uno mismo y a los demás.
Los hesicastas nos enseñan la vía del vientre y la del corazón. Es preciso reconducir el espíritu, cuyo principal peligro es la dispersión en las afueras del ser, y hacerlo descender hacia el vientre, impulsándolo a entrar en el corazón. El corazón es para el cristiano la imagen del hombre en plenitud, la síntesis del hombre interior. Las manos pueden colocarse durante la meditación o bien en el regazo, a la altura del vientre, siempre con las palmas enfrentadas, o bien a la altura del corazón, sea con las manos juntas, en la clásica postura de la oración cristiana, sea con las manos separadas, dejando entre ellas un espacio de uno o dos palmos. Nada de esto es caprichoso o arbitrario. Si estudiamos la imaginería budista, descubriremos que Buda está, en la mayoría de sus representaciones, con las manos a la altura del abdomen. Esto se debe a que en la visión antropológica del budismo, el vientre es el centro del ser humano, el lugar al que hay que peregrinar. En la visión antropológica del cristianismo, en cambio, el centro del ser humano es el corazón; de ahí que el cristiano ore con las manos a esa altura, como guardando o custodiando su corazón. No en vano la meditación cristiana es también llamada “oración del corazón”.
Para habituarse a mantener las manos a la altura del pecho ayuda mucho poner la atención en el centro de la palma de las manos, un anclaje al que el meditador deberá volver cada vez que se haya distraído, víctima de sus pensamientos o de su imaginación. Con las manos en el regazo, en cambio, se trabajará fundamentalmente el área visceral, es decir, el lugar donde están los órganos de digestión y eliminación. Y es mucho, generalmente, lo que en esta vida hemos de digerir y eliminar. Con las manos colocadas arriba, por el contrario, se trabajará sobre todo el área cordial, es decir, la sede de las emociones y de los sentimientos. También será distinto con las palmas de las manos unidas, donde resulta más fácil seguir el pálpito del corazón, que con las palmas separadas, propiciando que liberen más energía.
Tercer anclaje: EL MANTRA
En la tradición meditativa cristiana se trabaja con mantras o palabras de oración, lo que en el lenguaje clásico se conocía como «plegarias». Su recitación alerta y devota, dicen las tradiciones milenarias, tiene una fuerza incalculable.
Mantra es una palabra india compuesta por dos partículas: “man”, que significa mente (como el mens latino), y “tra”, que significa instrumento. De modo que el mantra es un instrumento para trabajar la mente.
El mantra funciona a tres niveles: el puramente fónico (es evidente que los sonidos –más allá de sus significados- nos procuran determinados estados anímicos), el semántico (la realidad que la palabra vehicula también nos influye, si bien en la recitación del mantra no conviene reflexionar sobre ello) y el propiamente místico, de unión con lo infinito.
Para el cristiano, palabra y silencio no se oponen, sino que son las dos caras de la misma moneda. La palabra verdadera nace del silencio y aboca a él, es decir, ninguna palabra toca el alma si no ha brotado de nuestra soledad más íntima y si, de algún modo, leída o escuchada y asumida, no lo alimenta. Por otro lado, el verdadero silencio aboca en palabra, es decir, es profundamente sonoro.
Un mantra es más eficaz si, en lugar de inventárselo el propio meditador, lo recibe de su maestro o guía. A los Amigos del desierto se les proponen tres posibles mantras a elegir uno, que nunca se debe cambiar: “Cristo-Jesús” (“Cristo” en la inspiración y “Jesús” en la espiración; inspiramos la divinidad y espiramos la humanidad); “Maranathá” (el más antiguo mantra cristiano, que significa ‘Ven, Señor’); o, simplemente, la palabra “Sí”, al espirar, como mandando ese sí al centro de la tierra.
Querer cambiar de mantra es un signo de que se busca riqueza espiritual, pues no se soporta la pobreza a la que el mantra conduce. A la imprescindible simplicidad no se llega por medios complicados, sino precisamente sencillos; no con muchas palabras, sino con una, que actúa como escoba de todas las demás, barriéndolas, valga la metáfora, y dejando la casa interior limpia y sosegada. El mantra es un instrumento muy pobre porque lo que debe sembrar en el corazón es precisamente pobreza.
Al igual que un excursionista se ayuda de un bastón para avanzar en su sendero, así se ayuda el meditador de su mantra, que le servirá para alejar a las fieras que le asalten y para sortear los pasos más escarpados.
El mantra funciona a tres niveles o fases: recitar, escuchar y ser el mantra. A los meditadores corresponden las dos primeras, que alternan repetidamente, cuidando que la repetición no degenere en rutina, sino que se convierta en un sencillo y noble ritual.
El peregrino ruso
Para hacernos cargo de la relevancia del mantra en el cristianismo resultará muy útil conocer los Relatos del peregrino ruso, un pequeño libro anónimo, escrito en el siglo XVIII, que popularizó la práctica del mantra en Occidente. Esta bella narración, candorosa en el planteamiento y límpida en el estilo, expone la historia de un peregrino que, deseoso de una vida de oración, vaga por las estepas rusas en busca de un staretz o maestro que le enseñe. Cuando finalmente da con uno, éste le aconseja que recite mil veces la frase: “Jesús mío, Hijo de David, ten compasión de mí, que soy un pecador”. Advertido del misterioso vínculo que existe entre el nombre y la persona a la que apela, el peregrino cumple con la encomienda y, obedientemente, vuelve una y otra vez a consultar con su maestro, quien poco a poco le impone aumentar el número de sus oraciones hasta que finalmente pierde la cuenta. El relato expone cómo se va transformando el alma de este peregrino a medida que sus plegarias van pasando de sus labios y lengua hasta su vida y corazón, que transforma de raíz.
