Fragmentos de la novela

El olvido de sí, de Pablo d´Ors

(Pre-Textos, 2013)

Buena parte de mi vida interior la he pasado explorando esa misma vida interior, y debo decir que nunca me he aburrido, puesto que lo que nos sucede por dentro es infinitamente más rico y sustancioso que cualquier cosa de las que pueda sucedernos por fuera. En este sentido, no me conmuevo cuando me presentan a alguien que ha viajado mucho; sé que la sabiduría de ese gran viajero dependerá de cómo haya viajado y de qué enseñanzas haya extraído de sus múltiples viajes. Tampoco me conmuevo cuando me dicen que alguien ha conocido a mucha gente o que ha leído miles de libros. Y es que cuantas más gentes o libros se hayan conocido o leído, tanto más largos y profundos han tenido que ser los silencios que han de seguir a esas lecturas o conversaciones para que todo eso haya podido dejar algún poso. Más bien al contrario: he comprobado que la mucha cantidad suele ser un buen síntoma de la poca o escasa profundidad. ¿Sabes meditar?, pregunto a quienes me encuentro. Eso es  realmente lo que me interesa de las personas a quienes voy conociendo, y es así como mido su nivel de humanidad. Por meditar entiendo estar en silencio, examinar la conciencia, poder recrearse en una palabra, contemplar algo sin pensar en nada, mantener un coloquio de amor y, por supuesto, escuchar. Quien sepa hacer todo esto es para mí una persona; quien no, vive todavía en una condición poco humana. La meditación matutina es para mí el momento más delicioso del día, sólo comparable a la meditación nocturna (en la que a veces alcanzo también la misma dicha). Claro que no siempre ha sido así, pues ha habido épocas en las que mi meditación se me hacía ardua, casi inaguantable: épocas en las que he mantenido mi compromiso sólo por la certeza de que al final de un túnel siempre hay una luz. La luz que hay después de un túnel no suele gozarse en cuanto se llega a ella, sino mucho más tarde. Tanto el bien como el mal extienden sus raíces en nosotros muchos más lejos y profundamente de lo que en un primer momento se sospecha. Para mí, esta es una ley del espíritu: todo bien se apoya en un bien anterior; pero también todo mal se sustenta en otro mal que lo precede. En la vida espiritual hay que preocuparse por conocer el bien pasado en el que se basa el presente, así como el mal pretérito en que se fundamenta el actual. Sólo entonces hacemos justicia a lo que nos sucede, y sólo en ese acto de justicia rendimos honor a la verdad. Dicho de otra forma: ninguna gracia viene sin otra anterior. Nuestra alma tiene historia, y seguir esa historia es aquello que llamamos “vida espiritual”.

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No es posible trabajar sobre la propia conciencia sin una cierta mentalidad de estratega. El buen estratega es exhaustivo (no se conforma con las tres o cuatro primeras ideas que le vienen a la cabeza) y sistemático (ordena esas ideas que se le han ocurrido para que su posterior abordaje sea más eficaz). La vida espiritual requiere de una estrategia muy refinada porque exquisito y refinado es el tributo que se recibe si la estrategia ha sido la adecuada. Dios pide el máximo del pensamiento, el máximo del sentimiento, el máximo de la acción. No hay aventura humana que pueda paragonarse con la espiritual; no hay lucha más encarnizada ni premio comparable. No hay nada -ni el arte ni la ciencia ni la filosofía- que exija tanto del hombre y que luego, si persevera, se lo restituya tan enriquecido y multiplicado. Toda aventura cristiana está destinada al éxito, si bien es cierto que el éxito cristiano tiene siempre la apariencia del fracaso. El seguimiento de Jesús puede tener, en efecto, una impronta netamente militar. En el escenario de mi alma, yo asistí en Akbés al avance de la virtud y a la retirada del vicio; sólo así, en la asistencia a estos avances y retiradas, me hice virtuoso (pues no hay virtud sin conciencia de la misma). Todo el bien que he conseguido a lo largo de mi vida, o casi todo, es fruto de la virtud; y cuando hablo de virtud me refiero a la conjunción entre gracia y esfuerzo.

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Para librar debidamente este combate, me interesé por el que otros hombres y mujeres -con el mismo propósito- habían librado antes que yo y con qué resultados. Fue así como me aficioné a la lectura de biografías de santos. Leí muchas con gran admiración y, en lo que veía posible, imitaba su ejemplo. Pero en lo que todos aquellos testimonios me ayudaron más fue en el convencimiento de que todo lo que consigue un hombre, salvadas ciertas condiciones, puede conseguirlo cualquier otro. En este sentido, por grandes que me resultaran las proezas ascéticas de todos aquellos santos y santas biografiados, supe que las mías podían ser iguales si mi determinación era fuerte y firme mi perseverancia. A decir verdad, no vi que el dominio sobre mis deseos y sentidos fuera posible hasta que de hecho empezó a serlo. Quiero decir con ello que fue mi propia libertad la que me fue seduciendo.

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Hubo un tiempo en que bastaba que me pusiera ante Dios para que los sentimientos y las ideas comenzaran a afluir: peticiones que formularle, pecados de los que arrepentirme, alabanzas y acciones de gracias con que honrarle, silencios en los que recrearme en sus palabras o silencios. Pero también hubo una época en que bastaba que me pusiera ante Dios para que todos esos sentimientos e ideas se me acabaran de inmediato y quedara seco como una piedra: no se me ocurría ni una prez, ni una causa por la que estar agradecido; no era capaz de pedir perdón ni de articular una plegaria. Era una sensación horrible que ponía de manifiesto lo espantosamente pobre que yo podía llegar a ser. Entre estos períodos tan oscuros y los anteriores, tan luminosos, había otros menos extremos. Pues bien, éstos son los más importantes.

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Uno de los problemas de la oración, si no el principal, es creer que sólo se produce cuando va acompañada de sentimiento. De esta forma, es el sentimiento -y no Dios- lo que pasa a ser el criterio de calidad y hasta de excelencia de una determinada oración. Cuando me libré de mi preocupación por sentir a Dios, empecé a sentirlo mucho más. En realidad, para sentir a Dios no hay nada peor que quererlo sentir. Dios es muy reticente ante quienes buscan sus consolaciones antes que a Él mismo. Como ya he dicho, Dios es la menor preocupación de mi vida espiritual.

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El verdadero obstáculo para una vida interior es el temor a perderse en el intento. Llamo perderse al fracaso como ser humano: no ser considerado por los coetáneos, resultar raro y diferente, no tener el amor de una mujer ni el respeto de unos hijos, carecer de bienes y amigos, quedarse solo, incomprendido, perder lo que se ha ganado, ir a menos, no ser nadie, desperdiciar la vida… Sin correr el riesgo a que todo esto suceda, y sin que suceda de hecho de alguna forma, no se puede perseverar en el camino de la vida interior. En algún momento se abandona. La voz de Dios es tanto más fuerte y nítida cuanto menor es el miedo a la humana perdición, pero esa voz -por contrapartida- tiende a retirarse y a desaparecer a medida que vence el temor. La voz de Dios es extraordinariamente seductora, en realidad no hay nada ni nadie que pueda seducir tanto como ella; pero es también una voz inmensamente respetuosa, por lo que no hace nada en nuestro lugar, sino sólo acompañándonos. Los seres humanos no estamos acostumbrados a que se nos conceda tanta libertad. Tanta libertad nos emborracha y asusta.

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            En el camino del Espíritu siempre ha de irse por donde no se sabe. Gustamos normalmente de caminos trillados y familiares, donde el riesgo de perderse es mínimo e improbable. En la vida de oración nunca es así. Los caminos de la oración son siempre peligrosos o, mejor, lo parecen. Un camino trillado es, en el fondo, mucho más peligroso para el hombre que uno desconocido, pues en el trillado ese hombre no crecerá, y morirá al cabo (al menos por dentro) si pasa mucho tiempo sin crecer. En el camino peligroso, en cambio, el hombre crece siempre, más allá de donde le depare; de ahí que al orante tanto le convenga tomarlo. En la oración es mejor arriesgar, es necesario arriesgar; sin riesgo no hay posible oración. Dios siente debilidad por los temerarios: ante ellos se enternece, por así decir, y derrocha en ellos todos sus dones. Y es que cuanto más dispuesto esté el hombre a perder y cuanto más pierda de hecho (y esto segundo es tan importante como lo primero) más será lo que gane. Y es que Dios ama a los que se desnudan y rechaza, en cambio, a los que acumulan tesoros y ponen en ellos su seguridad.

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Uno de los principales enemigos que he padecido en mi vida de oración ha sido un personaje que, frecuentemente, aparecía en la misma y que no era otro si no yo. Durante algunas épocas de mi vida, bastaba que me pusiera a rezar para que en mi mente se dibujara la imagen de mí mismo rezando. Ante esta imagen experimentaba una doble sensación: o bien la aplaudía y me complacía en ella o, por el contrario, me recriminaba, reprochándome que eso no era oración. Fuera por satisfacerme o por disgustarme, aquella imagen me sacaba del pretendido contacto con el Señor. Alguien muy parecido a mí -a la idea que tengo de mí-, me decía: “¿Y a eso llamas tú oración?” O también, y no sin ironía: “¿Así qué pretendes ponerte en contacto nada menos que con Dios?” Y me insistía: “¡Déjalo! ¡Ya has hecho bastante!” No puedo negar que todo esto me afectaba mucho, sobre todo porque quien me lo decía -en mi imaginación- no era otro sino yo.

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Vivimos en exceso de hervores místicos -pensando que Dios nos ha insuflado quién sabe qué cosas-, para terminar por descubrir que de todo eso que habíamos descubierto apenas queda nada pasado un cierto tiempo. Dios no es un producto de la imaginación, pero la imaginación es entre todas las facultades humanas- la que más nos acerca o aleja de Dios. Nada hay tan peligroso como una imaginación sin domeñar; pero nada hay tan provechoso como una imaginación orientada hacia el Misterio del Amor.

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Siempre me ha gustado mucho rezar allí donde lo han hecho otros creyentes: estuvieran orando en ese momento o no, yo siempre tuve la impresión que algo de su plegaria quedaba en el reclinatorio sobre el que se habían arrodillado, o en el banco en que se habían sentado, o en la imagen ante la que habían implorado… Por torpe que fuera, mi oración se unía en esos casos a lo que restaba de la suya y resultaba más intensa y convincente. Era como si mi oración precisara de la ajena, como si mi plegaria engarzara con las de quienes me habían precedido en ese coloquio silencioso que es la oración; o como si mi silencio, en fin, estuviera más lleno si lo unía al de aquellos que, como yo mismo, habían callado ante Dios. Si por un momento la oración se hiciera visible, quedaríamos sorprendidos de hasta dónde llega su extensión y anchura. Si se viera su eficacia, quedaríamos sobrecogidos y arrepentidos por no haber orado más veces y con mayor fervor.

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Conforme he estado más cerca de Dios, menos lo he entendido. No entender a Dios es la mejor garantía de una religiosidad auténtica. Entenderle, por el contrario, o creer entenderle, es el mejor síntoma de que el camino emprendido no es el de la religión verdadera.

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Somos lo que oramos. El grado de nuestra fe es exactamente el grado de nuestra oración; pero también la fuerza de nuestra esperanza o la de nuestro amor es la fuerza de nuestra oración. No hay mejor termómetro del valor real de un hombre que la calidad de su oración.

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