El Icono: La Trinidad de Rublev

El icono de la Trinidad de Andrei Rublev (1360-1430) es la imagen emblemática de la red de meditadores de los Amigos del Desierto, algo así como el anclaje visual de su práctica meditativa.

La palabra “hesicasmo” proviene del término hesychia, sinónimo de quies, y significa silencio y quietud, paz interior y unión con Dios, aquello a lo que aspiraban los padres del desierto y los monjes cristianos.
Se conoce por hesicasmo a la corriente espiritual que, dentro de la tradición cristiana oriental, va del siglo V, aproximadamente, hasta el XVIII, momento en que pasa a Occidente. El hesicasmo da la primacía a lo pneumático y carismático sobre lo jerárquico e institucional; también a la contemplación sobre la teología y sobre la acción.
Esta tradición, inicialmente eremítica y más tarde cenobítica, se mantiene todavía hoy entre los ortodoxos, particularmente en el Monte Athos, y consiste, en esencia, en la oración en silencio y en quietud, recitando un mantra y atentos al ritmo de la respiración y a los latidos de corazón. Es, en resumidas cuentas, lo que hoy conocemos como meditación cristiana.
El hesicasmo debe situarse en relación con los padres del desierto, hasta el punto de poder ser considerado su continuación histórica y natural. Hablamos de continuidad porque ambas corrientes espirituales insisten en la necesidad del retiro o ruptura con el mundo y porque ambas subrayan que el acceso a la interioridad es por medio de la corporeidad, esto es, por medio de unas técnicas psicofísicas y contemplativas que proponen en su método.
Ambas fueron acusadas de quietismo y de subjetivismo, imputaciones a las que, de un modo u otro, siempre han tenido que hacer frente los movimientos netamente espirituales. Y ambas se defendieron siempre poniendo de manifiesto cómo su práctica les conducía al ejercicio de la caridad y a la recta doctrina.

El movimiento hesicasta reapareció en el siglo XVIII, cuando un monje de Athos hizo editar la Filocalia, un compendio de textos sobre el poder de la recitación del nombre y de la atención al corazón. Gracias a esta publicación, el hesicasmo se extendió a Rusia, para de ahí pasar a Occidente gracias a otro libro, El peregrino ruso, única obra que sobre esta espiritualidad ha tenido entre nosotros una considerable difusión. Huellas occidentales de este camino, esencialmente oriental, las encontramos en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, quien otorga gran importancia, a la hora de orar, tanto al entorno como a la actitud corporal del ejercitante. De hecho, Ignacio aconseja orar “como midiendo entre una respiración y otra”. También habría que mencionar aquí a Evelyn Underhill (pseudónimo de Mrs. Stuart Moore, 1875-1941), discípula anglicana de Von Hügel, que habló de la oración de Jesús en estos términos: “esta técnica es tan simple que se encuentra al alcance de los adoradores más humildes y, sin embargo, penetra tan hondo que puede introducir a aquellos que la utilizan con fe en los misterios más profundos de la vida contemplativa”. Se ha dicho que el hesicasmo constituye algo así como la contrapartida cristiana del yoga, pues sitúa la exploración de la interioridad en relación con la corporeidad (en particular con la quietud y la respiración). El problema es que nosotros, los cristianos occidentales, hemos hecho de la fe primero un asunto del alma, luego un asunto psicológico y, finalmente, una ideología. En la tradición de la iglesia, sin embargo, está firmemente arraigada y atestiguada la idea de que el ser humano es creado para unirse a Dios con todo su ser: el cuerpo, la mente y el alma. Y precisamente por ello, porque conjuga las tres dimensiones de la persona y por la fuerza que le da su simplicidad, esta oración es hoy, seguramente, capaz de entusiasmar de nuevo a los buscadores del espíritu.

Un icono no es simplemente un cuadro o una pintura de temática religiosa. Los iconos, que son las pinturas religiosas propias del Oriente cristiano, se diferencian muy netamente de las occidentales tanto en el modo en que se pintan cuanto en lo que pretenden plasmar y, por supuesto, en aquello a lo que se orientan. La pintura occidental clásica busca expresar una determinada realidad; la cristiana oriental, por contrapartida, no trata de hacer expresivo lo que se ve, sino precisamente aquello que no se ve. Así que el pintor de iconos no quiere que quien los mire se quede en ellos, sino que vaya más allá, al Misterio al que apuntan. Que sean como un sacramento. Por eso, el creador del icono no trata de dar volumen, profundidad ni plasticidad a lo que pinta. Todo lo contrario: pretende reproducir un cuerpo transfigurado o espiritualizado. Este sentido de la inmaterialidad se logra por medio de la perspectiva invertida, lo que significa que las líneas no son trazadas para converger en un punto dentro del icono, sino precisamente fuera de él. De este modo, la perspectiva no se encuentra detrás del cuadro, sino delante, ofreciendo la impresión de que el motivo o la escena representada está dirigida hacia el espectador con la intención de salir a su encuentro, dando así a entender que la iniciativa siempre es de Dios. Los iconos no son por ello representaciones, sino algo así como ventanas al misterio. En ellos no hay profundidad, no remiten a un más allá. No hay que buscar detrás, sino quedarse en la contemplación.
Sin una vida de oración, por tanto, no se puede pintar un icono -escribir dicen ellos, dando con ello a entender que lo que persiguen es la transmisión de un mensaje en forma de imagen. Y es así, en la contemplación del icono, como en la iglesia ortodoxa las sagradas Escrituras no se transmiten esencialmente bajo la forma de enseñanzas teóricas, sino de un modo litúrgico, vivo, celebrativo, llegando a los sentidos del hombre antes que a su mente. La oración ante un icono es, por ello, una especie de síntesis de toda la oración cristiana: oración individual y oración litúrgica al mismo tiempo. Al poner los ojos en un icono, entramos en un diálogo de amistad, de adoración, de agradecimiento y de alabanza. Por todo lo dicho, el icono es sustancialmente un símbolo, esto es, una realidad que une a quien se sitúa ante él con algo invisible y trascendente. Es lo contrario de un ídolo, que, por definición, atrapa y encierra a su espectador en su pura materialidad. Esta diferenciación entre el icono y el ídolo es la misma que existe entre adoración y posesión y, en último término, entre religión y magia.

El arte de Rublev

La palabra icono es de origen griego y significa “imagen”. El famoso icono de Andrei Rublev -que data del año 1411, aproximadamente, y que se encuentra en la actualidad en la Galería Tetriakov de Moscú- apunta a la unidad plural o unificación armónica de la diferencia que es propia de toda persona. Con independencia de cualquier circunstancia racial, social, sexual, ideológica o religiosa, todas las personas nos dirigimos, lo sepamos o no, hacia una Fuente (el Padre), por un Camino (el Hijo) y por medio de una Energía (el Espíritu). Y esto es lo que esta trasluce imagen, gracias a su geometría espiritual.
Gracias a la esencialidad o simplificación radical con que está pintado, éste es un cuadro abierto, que invita a los espectadores a entrar en él como si fuéramos un cuarto comensal. Ese cuarto comensal es cada meditador, de ahí que los pies de la figura del Padre y la del Espíritu no se toquen, sino que dejan un espacio para que por ahí se cuele, si así lo desea, ese convidado permanente que es la humanidad. Cada uno de nosotros, en fin, está invitado a entrar -basta que tenga sed- en la fiesta de lo divino.
Seis siglos después de que fuera pintado, esta imagen sigue traspasando, para nuestra fortuna, los tiempos y los lugares, y dando alimento a las almas. Los Amigos del desierto somos hoy, seguramente entre otros, los prolongadores en la historia del espíritu de esta imagen y de aquello a lo que apunta. Somos algo así como iconóforos o portadores del icono, y, sobre todo, queremos ser iconos vivos, es decir, reflejos encarnados de esa búsqueda de la Fuente en que consiste y se realiza la verdadera humanidad.

Unidad en la pluralidad

¿Qué podemos decir del Dios de los cristianos, tal y como aparece representado en este icono? Lo primero es que es omnipresente, puesto que los tres ángeles representados ocupan toda la superficie de la imagen, sin por ello dar una impresión totalitaria u oprimente. Lo segundo es que Dios es Alguien muy misterioso, puesto que los tres personajes representados carecen de sexo y de edad, y, sobre todo, porque transmiten tanta fuerza como suavidad, firmeza y flexibilidad en el mismo movimiento, pero nunca rigorismo o laxitud. Esta ambivalencia, tan magistralmente pintada, con un trazo tan majestuoso como delicado, es la causa por la que esta imagen consigue transmitirnos un sentimiento de paz y serenidad.
Las alas de los ángeles nos recuerdan su naturaleza espiritual, pero estos personajes son más que ángeles, como se revela por el hecho de que no haya en ellos ningún signo de jerarquía. En efecto, ninguno de los tres es más pequeño que los otros, ni siquiera el personaje del centro, que al estar situado detrás de la mesa tendría motivos para aparecer en un tamaño menor. Si el iconógrafo no ha respetado las reglas de la perspectiva ha sido para poner de manifiesto que los tres son co-eternos y gozan de igual dignidad. Además, tienen exactamente el mismo rostro y las mismas facciones, sin que por ello pierda cada cual su propia especificidad personal, que viene expresada mediante el juego de las miradas, el de las manos, también en diversa posición, la inclinación de las cabezas y la diferenciación de los colores.
Los tres personajes conforman un círculo, el centro del cual es la mano del personaje central. Esta organización circular hace que el cuadro tenga un movimiento propio, provocando que la mirada del observador sea conducida de una Persona a otra, en un camino infinito. Es la vida del Dios trino, que se pone ante nuestros ojos. El circulo, símbolo de santidad y de eternidad, integra a los tres en una sola y única realidad, en un único movimiento envolvente que, misteriosamente, imprime su dinamismo a cada uno de los elementos del icono. Lo extraordinario de este círculo es que no conforma un sistema cerrado, sino un espacio abierto. Todo evoca una corriente energía serena y pacificadora y hace pensar no en el Dios de los filósofos, motor inmóvil, sino en el bíblico, dinamismo vibrante: una “dynamis” divina que no se manifiesta como el poder para destruir, dominar o anular, sino como el de crear, salvar y vivificar.
Este icono -un auténtico compendio de teología trinitaria- dinamita nuestro habitual discurso sobre Dios, invitándonos más bien a entrar en un discurso de vida y de amor, de armonía y de comunión. Así que este icono no es una simple alegoría, pintada para evocar, y mucho menos una mera estampa piadosa, destinada emocionar o conmover, sino algo así como un modelo normativo. El iconógrafo no se interpone aquí entre nosotros y el misterio, sino que, como un auténtico pastor, nos introduce en él. ¡Qué lejos está esta imagen de Dios, por tanto, de que aquella a la que tan acostumbrados estamos los europeos por nuestra imaginería religiosa! Esa imagen suele ser la de un venerable anciano de barba blanca, arquetipo de un monarca absoluto, flanqueado por un gracioso infante o por un apuesto joven y, en fin, por una edulcorada paloma, normalmente envuelta en fulgurantes y luminosos rayos.