¿Cómo meditamos?

¿Qué es meditar?
“meditatio” es una palabra latina que significa stare médium, lo que significa “permanecer en el centro”. Normalmente estamos dispersos, dando vueltas y vueltas en la periferia de nosotros mismos. La meditación es un peregrinaje a nuestro centro. Allí el paisaje interior se simplifica y empezamos a encontrar lo que buscamos.

¿Cómo meditar?
Sentados y quietos, poniendo la atención en un punto del cuerpo (el centro de las manos, el corazón…) y recitando una palabra sagrada o mantra al ritmo de la respiración.

Cuerpo

Si la meditación es un viaje al centro de nosotros mismos, no puede extrañar que para esa travesía necesitemos llevar todo lo que somos: cuerpo, mente y espíritu. La meditación es un ejercicio corporal, mental y espiritual. A la dimensión corporal la llamaremos relajación; a la dimensión psíquica o mental la designaremos con el término concentración; a la dimensión espiritual, en fin, contemplación. Esto quiere decir que para contemplar es preciso estar relajado y concentrado o, por decirlo con otros términos, sereno y atento.

Si el ser humano no tiene cuerpo, sino que es cuerpo, y si meditar es contactar con nosotros mismos, hay que concluir que la conciencia corporal no es el paso previo para la meditación propiamente dicha, sino meditación ya en su sentido más pleno. El hombre no puede ser consciente de sí, de su mente y de su espíritu, sin contactar con la propia dimensión corporal.

Todas las tradiciones meditativas subrayan que, junto al silencio, también la quietud es capital. La razón es clara y está científicamente demostrada: el movimiento suscita la dispersión; la quietud, en cambio, la concentración.

Podemos meditar sentados en una silla o en el suelo, en este último caso sobre un cojín o sobre un banquito de oración, con las piernas dobladas o de rodillas. Acostarse o tumbarse no es la posición ideal para meditar porque la posición horizontal es la que asumimos para dormir y descansar, y meditar no es ciertamente lo mismo que descansar. La relajación del meditador es más que simple comodidad, es aceptación deliberada de lo que hay.

Lo más importante de la postura corporal es desde luego la espalda, que debe estar erguida, no rígida. Esta posición es más fácil de adquirir en el banquito o sobre el cojín; basta oscilar el tronco levemente hacia delante y hacia atrás, a derecha e izquierda, para que adquiera su verticalidad. La verticalidad de la espalda se consigue mediante dos estratagemas. Una: meter el mentón, pues con la barbilla alzada la espalda tiende a combarse. Y dos: imaginar que un hilo invisible tira hacia arriba de la coronilla.

Por lo que se refiere a la mirada, que ciertamente debe ser hacia el interior, en nuestra tradición puede meditarse con los ojos cerrados o semi-cerrados. A las personas muy fantasiosas o, por circunstancias, con somnolencia, se aconseja que dejen los ojos entreabiertos, pero con una mirada blanda y como de 180 grados, sin fijarla en nada concreto.

De cara a que los músculos se suelten y entremos en un estado físico más receptivo y pleno, resulta efectivo imaginar que un líquido brillante, agradable y tibio desciende desde la coronilla de la cabeza hasta la planta de los pies muy lentamente. En la medida en que lo hace, deteniéndose lo que se desee en cada órgano o miembro, se ablandan las tensiones y se posibilita el deseado relax. Esta técnica es lo que en mindfulness se conoce como body-scanner, que no es sino un poner conciencia en cada parte del cuerpo invitando a la serenidad.

Los AdD trabajan el cuerpo no sólo durante las sentadas en silencio y quietud. El trabajo de cuerpo en AdD ofrece, además, tres propuestas: el ejercicio corporal propiamente dicho (tablas de yoga, estiramientos, movimiento articular…); el movimiento meditativo (siempre breve y previo a la sentada, a la que invita); y la danza sagrada (de carácter celebrativo y musical, para comienzo y/o final de nuestras reuniones y para las vigilias).

TABLAS

VÍDEOS

Silencio

Los tres anclajes:

El ritmo biológico por excelencia –la respiración- es doble: hay un movimiento de inspiración, por el que llenamos nuestro cuerpo de oxígeno, y otro de espiración, por el que lo expulsamos. Este sencillo mecanismo es el que nos permite estar vivos. Este ritmo biológico de inspirar y espirar es análogo o afín al ritmo espiritual por excelencia, que también es doble: dar y recibir, la oblatividad y la receptividad, la donación y la acogida. Para saber si tenemos una vida sana, o simplemente sensata, bastaría que nos preguntáramos si hay armonía entre lo que damos y lo que recibimos, entre lo que amamos y lo que nos dejamos amar, entre lo que ayudamos y lo que nos dejamos ayudar.

La palabra latina spiritus tiene la misma raíz que spirare, respirar. Respirar es ser consciente de la energía que nos llega del universo, y la energía es básica en la meditación: sube del sacro hacia la coronilla. Respirar es sencillo, pero no resulta fácil: basta que pongamos la atención en ello para que nos percatemos de la discontinuidad con que respiramos o, incluso, de cómo nos cuesta que el aire llegue hasta el abdomen, reteniéndolo a menudo en el pecho, signo de una respiración ansiosa y poco saludable.

Cada tradición espiritual sugiere fijar la atención en algún punto en particular. Así, en la tradición meditativa vipassana se recomienda estar atentos a los orificios nasales, percibiendo el calor de la inspiración y el frescor de la espiración. En el zazen, proveniente del budismo, la atención debe estar puesta en el hara, dos o tres centímetros bajo el ombligo, de modo que el meditador está atento al hincharse y deshincharse de su abdomen.

En la tradición cristiana se aconseja seguir el recorrido completo del aire: percibir cómo penetra por las aletas de la nariz y sube por el tabique nasal, cómo asciende desde ahí como por detrás de las cuencas de los ojos para, nuevamente, bajar a la cavidad bucal y, de ahí, a la tráquea, laringe, faringe y pulmones, a cuya altura las costillas se abren y cierran al ritmo respiratorio. Desde ahí el aire desciende hasta el abdomen para luego extenderse por todo el cuerpo, revigorizándolo con la energía que necesita.

En la meditación cristiana no se fuerza la respiración en uno u otro sentido, como con frecuencia se hace en el yoga, sino que se sigue su ritmo regular y natural, sabedores de que basta la mera observación para que nuestra respiración se vaya sosegando y el hombre vaya experimentando, por este medio, una mayor serenidad.

En la meditación zen se aconseja, para que la atención a la respiración sea más fina, contar las respiraciones: uno en la inspiración, dos en la espiración, tres nuevamente en la inspiración, y así sucesivamente hasta llegar al diez, momento en que se vuelve a comenzar. Contar las respiraciones es un método útil. Nuestra tendencia a distraernos es tan frecuente que hemos de agarrarnos a algo muy sencillo y concreto para tener sometida a nuestra mente.

Si las palmas de las manos están hacia arriba, el espíritu registra que el cuerpo ha adquirido la posición de la petición o de la súplica, es decir, la de quien espera algo de fuera. Pero esa no es en absoluto la actitud que se busca en la meditación, cuyo propósito es precisamente mirar hacia dentro, por lo que las manos tienen que, de algún modo, estar recogidas. Como mejor se expresa este recogimiento es poniendo una palma de la mano frente a la otra, es así como se concentra la energía, que es lo que se pretende en la meditación.

Esta postura de las palmas enfrentadas, además, es la otra cara de la que se asume para bendecir, en la que las manos se extienden. Parece lógico pensar que lo que se recoge en la meditación se entregue luego en la bendición. Palmas enfrentadas y extendidas expresan, como pocos gestos pueden hacerlo, esa doble vertiente de toda auténtica meditación: la sabiduría y la compasión, la mirada a uno mismo y a los otros.

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Los hesicastas nos enseñan la vía del vientre y la del corazón. Es preciso reconducir el espíritu, cuyo principal peligro es la dispersión en las afueras del ser, y hacerlo descender hacia el vientre e impulsarlo a entrar en el corazón. El corazón es para el cristiano la imagen del hombre en plenitud, la síntesis del hombre interior. Las manos pueden colocarse durante la meditación o bien en el regazo, a la altura del vientre, siempre con las palmas enfrentadas, o bien a la altura del corazón, sea con las manos juntas, en la clásica postura de la oración cristiana, sea con las manos separadas, dejando entre ellas un espacio de uno o dos palmos.

Nada de esto es caprichoso o arbitrario. Si estudiamos la imaginería budista descubriremos que Buda está, en la mayoría de sus representaciones, con las manos a la altura del abdomen. Esto se debe a que en la visión antropológica del budismo el vientre es el centro del ser humano, el lugar al que hay que peregrinar. En la visión antropológica del cristianismo, en cambio, el centro del ser humano es el corazón, de ahí que el cristiano ore con las manos a esa altura, como guardando o custodiando su corazón. No en vano la meditación cristiana es también llamada “oración del corazón”.

No apoyar las manos en el regazo y mantenerlas a la altura del pecho puede cansar tanto a quien no esté acostumbrado como tener las piernas dobladas para quien tampoco esté acostumbrado a esta postura. Para habituarse ayuda mucho poner la atención en el centro de la palma de las manos, un anclaje al que el meditador deberá volver cada vez que se haya distraído, víctima de sus pensamientos o de su imaginación.

Con las manos abajo se trabajará fundamentalmente el área visceral, es decir, el lugar donde están los órganos de digestión y eliminación. Y es mucho, generalmente, lo que en esta vida hemos de digerir y eliminar. Con las manos colocadas arriba, en cambio, se trabajará sobre todo el área cordial, es decir, la sede de las emociones y de los sentimientos. También será distinto con las palmas de las manos unidas, donde resulta más fácil seguir el pálpito del corazón, que con las palmas separadas, propiciando que liberen más energía.

En la tradición meditativa cristiana se trabaja con mantras o palabras de oración, lo que en el lenguaje clásico se conocía como jaculatorias. Su recitación alerta y devota, dicen las tradiciones milenarias, tiene una fuerza incalculable.

Mantra es una palabra india compuesta por dos partículas: “man”, que significa mente (como el mens latino), y “tra”, que significa instrumento. De modo que el mantra es un instrumento para trabajar la mente.

El mantra funciona a tres niveles: el puramente fónico (es evidente que los sonidos –más allá de sus significados- nos procuran determinados estados anímicos), el semántico (la realidad que la palabra vehicula también nos influye, si bien en la recitación del mantra no conviene reflexionar sobre ello) y el propiamente místico, de unión con lo infinito.

Para el cristiano, palabra y silencio no se oponen, sino que son las dos caras de la misma moneda. La palabra verdadera nace del silencio y aboca a él, es decir, ninguna palabra toca el alma si no ha brotado de nuestra soledad más íntima y si, de algún modo, leída o escuchada y asumida, no lo alimenta. Por otro lado, el verdadero silencio aboca en palabra, es decir, es profundamente sonoro.

Para hacernos cargo de la relevancia del mantra en el cristianismo resultará muy útil conocer los Relatos del peregrino ruso, un pequeño libro anónimo, escrito en el siglo XVIII, que popularizó la práctica del mantra en Occidente. Esta bella narración, candorosa en el planteamiento y límpida en el estilo, expone la historia de un peregrino que, deseoso de una vida de oración, vaga por las estepas rusas en busca de un staretz o maestro que le enseñe.

Cuando finalmente da con uno, éste le aconseja que recite mil veces la frase: “Jesús mío, Hijo de David, ten compasión de mí, que soy un pecador”. Advertido del misterioso vínculo que existe entre el nombre y la persona a la que apela, el peregrino cumple con la encomienda y, obedientemente, vuelve una y otra vez a consultar con su maestro, quien poco a poco le impone aumentar el número de sus oraciones hasta que finalmente pierde la cuenta.

El relato expone cómo se va transformando el alma de este peregrino a medida que sus plegarias van pasando de sus labios y lengua hasta su vida y corazón, que transforma de raíz.

Una palabra sagrada y única.

Sagrada significa simbólica, es decir, que trae aquello que enuncia. Así las cosas, decir “paz”, pacifica el espíritu; decir “amor, lo hace amable; decir “luz”, lo ilumina; decir “Cristo”, lo humaniza y dignifica.

Un mantra es una palabra que a millones de personas antes que a nosotros les ha servido en su debilidad y desolación. Han encontrado en ella fuerza y compañía para afrontar la adversidad que les tocaba atravesar.

Un mantra es más eficaz si, en lugar de inventárselo el propio meditador, lo recibe de su maestro o guía. A los Amigos del desierto se les proponen tres posibles mantras a elegir uno, que nunca se debe cambiar: “Cristo-Jesús” (“Cristo” en la inspiración y “Jesús” en la espiración; inspiramos la divinidad y espiramos la humanidad); “Maranathá” (el más antiguo mantra cristiano, que significa ‘Ven, Señor’); o, simplemente, la palabra “Sí”, al espirar, como mandando ese sí al centro de la tierra.

Franz Jalics, el maestro de AdD, recomienda el mantra “Cristo-Jesús”, si no hay resistencia frente al mismo, incluso a los no creyentes, siempre y cuando sean occidentales. Con independencia de su carácter divino, llegar a la Fuente por donde Cristo llegó es para un occidental culturalmente más lógico y sentimentalmente menos violento que hacerlo por cualquier otro camino.

Querer cambiar de mantra es un signo de que se busca riqueza espiritual, pues no se soporta la pobreza a la que el mantra conduce. A la imprescindible simplicidad no se llega por medios complicados, sino precisamente sencillos; no con muchas palabras, sino con una, que actúa como escoba de todas las demás, barriéndolas, valga la metáfora, y dejando la casa interior limpia y sosegada. El mantra es un instrumento muy pobre porque lo que debe sembrar en el corazón es precisamente pobreza.

Al igual que un excursionista se ayuda de un bastón para avanzar en su sendero, así se ayuda el meditador de su mantra, que le servirá para alejar a las fieras que le asalten y para sortear los pasos más escarpados.

El mantra funciona a tres niveles o fases: recitar, escuchar y ser el mantra. A los meditadores corresponden las dos primeras, que alternan repetidamente, cuidando que la repetición no degenere en rutina, sino que se convierta en un sencillo y noble ritual.

Palabra

El tiempo dedicado a la palabra no sobrepasará los veinte minutos, durante los cuales se proclamará o bien un brevísimo fragmento del Evangelio, sucintamente comentado en clave contemplativa, o una reflexión inspiradora sobre la práctica meditativa, sea del manual Ejercicios de contemplación, de Franz Jalics, o del ensayo Biografía del silencio, de Pablo d´Ors. Tras la lectura en voz alta de este texto inspirador, se dejarán unos minutos en los que los participantes, tras acogerlo, podrán releerlo y trabajar sobre él. Acto seguido, si el animador del seminario así lo determina, se dejarán entre 5 y 10 minutos, nunca más, para comentarlo, siguiendo unas pautas establecidas, en grupos de tres o tríadas. Para finalizar este tiempo para la palabra, el texto vuelve a proclamarse ante la asamblea, siempre de forma clara y con cierta solemnidad.

Cada participante del seminario habrá recibido el texto que se proclame ese día, sea en una hoja suelta o en una sencilla edición. Durante el tiempo personal sobre el texto se invita a trabajar en él desde una triple perspectiva: 1) Relectura personal con subrayados de las palabras o frases que más impactan; 2) Reproducción de lo leído con la máxima fidelidad posible y, si no se recuerda bien, transcripción o copia sin más; 3) Contestación a las preguntas que siguen al texto, de cara a la personalización o al aterrizaje del mismo en la propia vida.

El propósito del trabajo en tríadas, si es que el animador lo propone, es posibilitar una escuela de escucha. De escucha no sólo de la palabra proclamada, sino de la palabra de quienes la han recibido. Esta escuela o aprendizaje se rige por una serie de principios fundamentales. Por lo que se refiere a quien comparte: 1) Pensar antes de hablar. Tener claro qué va a decirse antes de tomar la palabra. 2) Hablar brevemente, nunca más de un minuto. 3) Hablar siempre y sólo sobre lo que el texto propone y sugiere. 4) Hablar siempre en clave personal y testimonial, es decir, no brindar ideas u opiniones, sino sólo experiencias. 5) Nunca responder a lo que haya comentado otro compañero o compañera de tríada. Por lo que atañe a quien escucha, en cambio: 1) Ceder siempre la palabra a los compañeros. 2) Atender amorosamente, procurando memorizar lo que se dice. 3) No juzgar lo dicho, sólo acogerlo. 4) Nunca interrumpir, ni mucho menos corregir. 5) Nunca glosar, tampoco para elogiar al compañero o para alentarlo. El trabajo en tríadas no persigue el desahogo sentimental ni el conocimiento mutuo, aunque sin duda los favorezca, sino la escucha del Espíritu en el misterio de prójimo.

  • 45´ Palabra formativa: El animador o alguno de sus colaboradores exponen las líneas fuerza del tema formativo + moderación del coloquio.
  • 30´ Silencio meditativo + breve movimiento meditativo.
  • 45´ Palabra informativa + preguntas